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Nanciyaga Reserva Ecológica

Catemaco

En medio de la selva tropical este refugio de conservación funciona desde hace tres décadas y ha demostrado, con el paso del tiempo, que la Madre Tierra siempre será sabia.

Apenas se hablaba de sustentabilidad y por las venas de Nanciyaga ya corría el conocimiento y pasión por la educación ambiental, la posibilidad de que hombre y naturaleza existieran en el mismo espacio sin dañarse entre sí.

Este alucinante sitio que alguna vez le robó el corazón a Mel Gibson para una de sus películas, está decidido a enamorar a cualquiera que coloque un solo pie dentro. Utopía es una palabra pequeña para abarcar la grandeza de lo que ocurre en Nanciyaga.

Baños de temazcal, cayucos de madera para trasladarte, una bañera al interior de un manantial; además, las noches iluminadas por quinqués y mecheros dotando de luz a las cabañas como cuando lo más potente era la luna sobre nuestras cabezas, proporcionan a esta pequeña aldea una atmósfera que se codea con los paisajes oníricos.

La posibilidad de beber agua desde la hoja de un árbol, comer con las manos los manjares que dan las plantas o vivir como si se tratara de un paseo por el cielo, son parte del cotidiano en la reserva.

Para nosotros, ajenos y desconocidos, son acontecimientos que deseamos fervientemente se proyecten en la última función de nuestros días, porque así, es como se imagina el camino al paraíso.
En medio de la selva tropical este refugio de conservación funciona desde hace tres décadas y ha demostrado, con el paso del tiempo, que la Madre Tierra siempre será sabia.

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Apenas se hablaba de sustentabilidad y por las venas de Nanciyaga ya corría el conocimiento y pasión por la educación ambiental, la posibilidad de que hombre y naturaleza existieran en el mismo espacio sin dañarse entre sí.

Este alucinante sitio que alguna vez le robó el corazón a Mel Gibson para una de sus películas, está decidido a enamorar a cualquiera que coloque un solo pie dentro. Utopía es una palabra pequeña para abarcar la grandeza de lo que ocurre en Nanciyaga.

Baños de temazcal, cayucos de madera para trasladarte, una bañera al interior de un manantial; además, las noches iluminadas por quinqués y mecheros dotando de luz a las cabañas como cuando lo más potente era la luna sobre nuestras cabezas, proporcionan a esta pequeña aldea una atmósfera que se codea con los paisajes oníricos.

La posibilidad de beber agua desde la hoja de un árbol, comer con las manos los manjares que dan las plantas o vivir como si se tratara de un paseo por el cielo, son parte del cotidiano en la reserva.

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