Puebla

Maravíllate con el esplendor de sus elegantes edificios coloniales, sus calles y sus sabores que hacen honor a su sobrenombre "De los ángeles". Una leyenda es la responsable de que a esta hermosa ciudad se le conozca como Puebla de los Ángeles.

Maravíllate con el esplendor de sus elegantes edificios coloniales, sus calles y sus sabores que hacen honor a su sobrenombre «De los ángeles».

La leyenda cuenta que al terminar la construcción de la catedral de Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción ingenieros y arquitectos se preguntaron cómo subir una campana de 8 mil kilos. Una mañana los habitantes despertaron con la noticia de que la campana ya se encontraba en la cima. Tal leyenda es la responsable de que a esta hermosa ciudad se le conozca como Puebla de los Ángeles.

¿Por qué Puebla es el Patrimonio de México?

Aquí te damos ocho respuestas que te harán descubrirlo

 

1.El Centro Histórico de Puebla es uno de los más grandes del mundo. Su estructura urbana perfecta y la gran diversidad arquitectónica lo hacen un referente único e irrepetible de la gran variedad de estilos artísticos que hacen inolvidable a esta ciudad con casi cinco siglos de historia, arte y cultura. Por todo esto, el Centro Histórico de Puebla fue inscrito en la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO el 11 de diciembre de 1987.

 

2. Los majestuosos volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl son los eternos guardianes del paisaje poblano. Además de la extraordinaria zona boscosa inscrita en el programa de la UNESCO “El hombre y la biosfera”, también resguardan centenarios conventos en Tochimilco, Huejotzingo y Calpan, declarados Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1994, que son un ejemplo del mestizaje cultural que aún sigue vivo en esta región de México.

 

3. La Biblioteca Palafoxiana es una de las grandes joyas del conocimiento a nivel mundial. Inscrita como “Memoria del Mundo” por la UNESCO desde 2005 es, prácticamente, una cápsula del tiempo que conserva su edificio, mobiliario, orden y acervo originales, compuesto por 45,059 volúmenes que dan cuenta de la gran variedad de temas que se leían en la Puebla Virreinal. Además, la Palafoxiana es considerada la primera biblioteca pública del continente. Desde Alaska hasta la Patagonia no existe ningún lugar similar a la Biblioteca Palafoxiana de Puebla.

 

4. El amor por Puebla y la identidad se llevan en las manos y en el corazón. El mejor ejemplo de esto es el proceso artesanal para la fabricación de la Talavera Poblana que desde hace más de cuatro siglos, nos transporta a la más profunda forma de expresión de la creatividad humana en la que coexisten simultáneamente: la tradición y la contemporaneidad, el individuo y la comunidad y que han convertido a Puebla en un lugar lleno de azulejos, formas y colores que deslumbran a sus visitantes. Desde el 2019, este proceso es considerado Patrimonio Cultural Inmaterial por la UNESCO.

 

5. El mundo prehispánico sigue vivo en Puebla a través de uno de los rituales más importantes de Patrimonio Cultural Inmaterial: la ceremonia de voladores. Grupos nahuas y totonacos de los municipios de Caxhuacan, Chila, Cuetzalan, Huehuetla, Huauchinango, Honey, Pahuatlán y Xolotla en la Sierra Norte, realizan este impactante ritual para crear vínculos entre la humanidad y la naturaleza, expresando su respeto y buscando la armonía universal. Desde el año 2009, este ritual fue inscrito en la lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO.

 

6. Si algo identifica a México a nivel mundial son las fiestas indígenas dedicadas a los muertos, inscritas por la UNESCO en la lista de Patrimonio Cultural Inmaterial desde 2008. En el Estado de Puebla, la colocación de ofrendas con comida para las almas de los seres queridos, es una centenaria tradición que tiene ejemplos sorprendentes en los municipios de Huaquechula, Tochimilco, san Gabriel Chilac y Tlapanalá. Estas ofrendas son verdaderos monumentos funerarios que construyen puentes en el espacio y el tiempo.

 

7. ¿Qué sería de la humanidad sin el maíz? El Valle de Tehuacán, Patrimonio Mundial Cultural y Natural inscrito por la UNESCO desde 2018, es la zona donde se domesticó por primera vez este importante cultivo, que significó la base de la alimentación en Mesoamérica. Hoy, el maíz es un elemento de cohesión social, de identidad y de una gran tradición gastronómica que le da vida y orgullo a la cocina poblana y mexicana.

 

8. Puebla es la cocina de México. Si una cosa define a Puebla es su excelente gastronomía, única e incomparable. Platillos tan emblemáticos a nivel nacional como el Mole Poblano, los Chiles en Nogada y el Mole de Caderas, la dulcería tradicional, los vinos frutales y los tlacoyos de la Sierra Norte son tan solo una pequeñísima parte de la gran variedad de sabores, olores, texturas e ingredientes que se han cocinado a fuego lento durante siglos y que han unido las tradiciones gastronómicas mesoamericanas, españolas y asiáticas. Por todo esto, no hay nada como disfrutar de Puebla, de sus tradiciones, de su gente y de sus sabores que nos permiten presumir que somos la COCINA DE MÉXICO, inscrita por la UNESCO en la lista de Patrimonio Cultural Inmaterial desde 2010.

 

Ya sabes porque… Puebla es el Patrimonio de México…ahora te esperamos para que lo vivas, disfrutes y goces.

 

Puebla fue fundada como parte de un proyecto utópico y estaba destinada a ser habitada únicamente por españoles. En esta nueva ciudad, se buscaba permitir el florecimiento de las artes y las virtudes humanistas, siendo la cocina poblana, un reflejo innato de estas ideas, lo que la llevó a convertirse en la cuna de la gastronomía mexicana de hoy, ya que la unión de ingredientes prehispánicos, las especies de la Nao de China y los saberes españoles, dieron para crear nuevos y deliciosos platillos con un rasgo característico del mestizaje. 

La cocina poblana es un patrimonio cultural de los poblanos, un sello de identidad, un resumen de su historia, de la fusión de varios mundos.

Los mesoamericanos llamaron “moli” a la mezcla de chiles molidos en metate o molcajete, rebajada con agua y posteriormente cocinada al fuego; el mole poblano en cambio, es producto de la inclusión, entre otras, de las almendras, el cacao, las grasas animales, chiles, pasas, ajonjolí, condimentos y especias venidas del viejo mundo. Esta mezcla, confeccionada con la mano de obra local da el toque sincrético: “especito, dulcecito y picocito”.

El otro platillo simbólico con trascendencia nacional es el Chile en Nogada, producto de los chiles llamados “del tiempo” originarios de las faldas del volcán Popocatépetl, con menor picor y una estructura rematada en una punta de “ganchillo” imposible de imitar. Su relleno es producto de la mezcla de las tradiciones españolas de los “picadillos” de frutas frescas y curtidas, carnes, almendras, canela y especias variadas, rematadas por el “capeo” de huevo un poco cortado para no hacer volumen, solo para sujetar la carne al chile y permitir su presentación estética. La salsa de nogada, originaria de Castilla León, se usaba en los conventos desde mucho antes del descubrimiento de América y servía para complementar las ensaladas de cebollas y betabel.

En los meses de marzo y abril llega a los mercados el huazontle, la hierba a adorada por los precolombinos y cuya semilla se llama amaranto. Los huazontles bien limpios se rellenan de queso fresco de cabra y se capean para meterlos en un caldillo de jitomate con la más clara influencia del clemole prehispánico. Los llamados escamoles, son huevos de hormiga, llegan también a los hogares y abundan en los restaurantes. En la cuaresma, los chiles jalapeños, introducidos desde Veracruz, se les llama cuaresmeños; las cocineras poblanas los adoptaron para rellenarlos con sardinas, queso añejo, frijoles y cualquier pescado en escabeche. También de vigilia es el consumo de los romeritos, especie de quelites, en mole o pipían acompañados con tortitas de camarón seco.

En mayo, como consecuencia de las primeras lluvias, nacen los gusanos de maguey, cada vez más escasos. Antes se comían asados y envueltos en tortilla con un poco de salsa y guacamole, hoy, la cultura de “freír” los lleva a la sartén con aceite.

Desde junio hasta agosto, las mazorcas de la primera siembra sufren de la podredumbre dejada por la lluvia y con ella aparecen los huitlacoches o cuitlacoches, hongos negros adheridos a los elotes tiernos, que constituyen uno de los manjares de la región y se complementan con las rajas de chile poblano, ya en producción para ese momento, granos de elote y a veces costillitas de cerdo.

Desde finales de julio y hasta mediados de septiembre, la gastronomía recibe al emperador de los platos, el Chile en Nogada, aunque por desgracia sus falsificadores abundan todo el año. Los chiles, las frutas, la nuez de Castilla y la granada sólo se consiguen frescas en los meses señalados.

En agosto se cosechan elotes tiernos, las habas y otras legumbres propias del consumo popular.

En septiembre, mes de la Patria, se dan cita todos los antojitos conocidos, así como el chileatole en sus diversas presentaciones. Este atole de elote tierno y chile poblano con bajo picor, es propio de beberse ya entrada la tarde.

Desde mediados de octubre y hasta finales de noviembre la gastronomía poblana recibe al tercer personaje de temporada, el huazmole. Este mole preparado con espinazos y caderas de chivo sacrificados en Tehuacán, es una tradición heredada de las costumbres de la trashumancia española fusionadas con las semillas del guaje, una leguminosa de la región y el chile serrano seco. Además, la modernidad ha ofrecido otras modalidades, los espinazos fritos o al ajillo y las caderas al horno en mostaza picante.

La Fiesta de Muertos o Todos Santos también aporta un sinnúmero de panes como las hojaldras y guisos para ofrendar a los muertos, los dulces de platón, como el punchi de maíz azul y alfeñiques de azúcar en forma de calaveritas.

En diciembre aparecen las fusiones de los productos ultramarinos, en especial el bacalao en sus diversas salsas, siendo la vizcaína la más popular, aunque con diversas interpretaciones. Las mesas navideñas y de fin de año se adornan con ensaladas de betabel, jícama y cacahuates tostados, las piernas de cerdo al horno y los romeritos en mole poblano. Dos productos son agregados por la mano mesoamericana: los ayocotes, frijoles grandes, guisados y adobados y los chipotles rellenos de queso y capeados.

Todo el año la Ciudad de Puebla hace honor a su fama: “tres cosas comen el poblano, cerdo, cochino y marrano” en alusión a la industria derivada de las tocinerías del siglo XVI. La carne de cerdo es consumida en diversas formas, en tacos de carnitas fritas en manteca, cueritos y los más preciados de cabeza de cerdo, donde se seleccionan por buche, cachete, lengua, oreja y los de vísceras. La cabeza de cerdo también se consume en pozole blanco, granos de maíz cacahuazintle hervidos conjuntamente y condimentados con cebolla, orégano molido, lechuga y rábanos.

Uno de los símbolos poblanos adoptados el siglo pasado, son las Chalupas. Estas, preparadas en la zona de los lavaderos de Almoloya, consisten en una pequeña tortilla frita en manteca, casi sancochada, bañada con salsa y adornada con cebolla y carne deshebrada.

Otros alimentos que se consumen todo el año son las cemitas, originales de Puebla, y las tortas compuestas, que consisten en pan de agua relleno con infinidad de guisos y carnes.

Molotes, tostadas, memelas, picadas, quesadillas de flor de calabaza y chicharrón prensado o tlales, pelonas y pambazos, entre otros, son antojitos que se ofertan al calor de un comal. Todo el año abundan guisos caseros como el mole de zancarrón y el almendrado, el entomatado, los chiles fingidos, adobo, manchamanteles, pipianes rojo y verde, mole de epazote o chilate y tamales de harina cernida rellenos de queso, rajas, carne o pasas y crema.

De los escamoles a los tamales de hollejo, aquí los acontecimientos culinarios de los Pueblos Mágicos de Puebla que no deben pasar inadvertidos.

Acachul: Se trata del licor elaborado con una fruta silvestre, muy parecida a la uva o el capulín, que al ser cortada se torna morada. Hay que buscarlo en Pahuatlán, Huauchinango y Xicotepec.

Acamayas: Ese crustáceo que la gente de Huauchinango, Xicotepec y Cuetzalan presume entre sus manjares. Se sirven al ajo, a la mantequilla o en chilpachole (caldo de chile ancho), y no se olvidan.

Chícalas: Grandes hormigas aladas que salen con las primeras lluvias y que a los platos llegan fritas con chiltepín o preparadas en alguna salsa. Se comen en Xicotepec y Pahuatlán.

Chile con huevo: El platillo serrano que lo mismo se encuentra en Zacatlán que en Huauchinango o Xicotepec. Y no es otra cosa que huevo revuelto en salsa macha, mora, verde, roja o pasilla.

Conejo enchiltepinado: La delicia que consiste en guisar el conejo con el chile que más abunda en la sierra, el chiltepín. Se encuentra, por ejemplo, en Xicotepec, Chignahuapan y Zacatlán.

Escamoles: En época de Cuaresma, las sartenes de Ixtacamaxtitlán y Chignahuapan se llenan con las apreciadas larvas de hormigas.

Frijoles con xocoyoli: El guiso elaborado en Cuetzalan con el tallo de una planta local. Las indígenas suelen poner a hervir el xocoyoli con ceniza para mermar su sabor amargo.

Licores y conservas de frutas: Todos los pueblos serranos aprovechan las frutas que a la mano tienen para llenar con ellas botellas y frascos. Maracuyá, jobo (parecido al tejocote), piña, capulín o membrillo: cualquier sabor es una experiencia.

Mixiotes de carnero: La tradición de enchilar y envolver la carne en la película que del maguey pulquero se desprende, se mantiene en muchas zonas de la sierra. Zacatlán y Chignahuapan dan cuenta de ello.

Pan de queso: El pan dulce que llena las panaderías de Zacatlán y Chignahuapan. Está relleno de queso ranchero y azúcar rosada.

Tamales de hollejo y de pascal: Ambos son costumbre en Pahuatlán. Los primeros están hechos con la cáscara de los granos de elote, los segundos llevan una mezcla de frijoles con cacahuate.

Tamales de puñete: Se llaman así porque semejan el puño de una mano. Forman parte del repertorio culinario de Huauchinango.

Tlacoyos o tlayoyos: Los antojitos a base de maíz que en todo rincón de la sierra se encuentran. Tienen dentro frijoles o una pasta hecha de alberjón y hoja de aguacate.

Chilpozontle: El mole de olla que en Tlatlauquitepec se prepara con carne de res, cerdo o pollo. A veces, en lugar de verduras, se le añade la raíz del chayote o “chayotextle”. En otros sitios, como Tetela de Ocampo y Zapotitlán de Méndez, se le llama “tixmole” a este platillo.

Yolixpa: Servido con cariño a lo largo de toda la sierra, es el licor de hierbas que nadie desprecia. No solo sirve para animar el espíritu, también “cura de espantos”, aminora dolores y relaja los músculos.

La cocina poblana es un patrimonio cultural de los poblanos, un sello de identidad, un resumen de su historia, de la fusión de varios mundos.