Santa Clara del Cobre

Santa Clara del Cobre suena a martilleo y brilla como el cobre. Entre sus calles se resguardan auténticas obras de arte, como su kiosco, único en el mundo, y sus dos templos que presiden el centro de la comunidad. La gastronomía no se queda atrás: las tortas de carnitas y las de tostada son las favoritas de los lugareños.

Al sur del río Silencio, el monótono martilleo del cobre suena familiar como el tañido de una campana. En Santa Clara el cobre es un estilo de vida. Ya los purépechas trabajaban el cobre antes de la colonia, fabricando joyas, máscaras y ollas. Durante la época colonial, Santa Clara era reconocida por la calidad del trabajo de sus artesanos. El cobre de este Pueblo Mágico se hizo universal cuando se transformó en pebetero para los Juegos Olímpicos de México de 1968.
Santa Clara se fundó en torno a un convento de hermanas clarisas. Hoy es un pueblo tradicional michoacano, con su kiosko —por supuesto, de cobre— sus plazas y sus templos. A menos de una cuadra del museo visita el templo de Nuestra Señora del Sagrario, dedicado a Santa Clara, con sus candelabros de cobre, y el templo de la Inmaculada Concepción, con sus bóvedas de madera policromada.

Cada casa en este Pueblo Mágico alberga un taller, donde la técnica del cobre se pasa de padres a hijos durante generaciones. Es imprescindible la visita al Museo Nacional del Cobre, con una extraordinaria colección de piezas de concurso. En el patio, una fragua en funcionamiento, con varios artesanos trabajando. Tras conocer el proceso y el arduo trabajo que conlleva, es la hora de sucumbir al irresistible deseo de encontrar una pieza única en las tiendas del pueblo.

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