Construida a partir de un islote en el centro del lago, la ciudad de México creció con una red de canales e islas artificiales llamados chinampas. Así tomó forma el Templo Mayor, en la plaza central. Los españoles edificaron sobre ella la Catedral Metropolitana y así se perdió por siglos la memoria del viejo e imponente templo prehispánico. A finales de la década de los 70, en el siglo pasado, trabajadores de la compañía de tendido eléctrico dieron por accidente con estructuras que los arqueólogos identificaron con el buscado templo.
Afortunadamente, hoy puedes visitar una gran sección desenterrada y en un buen estado de conservación. Ahí podrás admirar secciones de los templos dedicados a Huitzilopochtli, señor de la guerra, y Tlaloc, señor de la lluvia. Más adelante, entre los muros de varias secciones del templo, hay altares, serpientes talladas en piedra y un imponente Tzompantli, que es una pared cubierta con representaciones de cráneos, esto debido a que los aztecas rendían culto a los muertos, tradición que conservamos los mexicanos.
Metros adelante está el museo de sitio donde, además de vasijas de barro y utensilios usados tras la fundación de la ciudad azteca en 1329, y hasta 1521, año de la caída de la ciudad a manos de los españoles, la estrella principal es la Coyolxauqui, una colosal estela de más de 11 toneladas de peso. En 2006 se descubrió el Tlaltecuhtli, cuyo peso supera las 12 toneladas. Para visitar esta zona arqueológica, en pleno corazón de la ciudad, es recomendable dedicar de 3 a 4 horas. En las calles aledañas hay agradables restaurantes con terrazas donde un refrigerio te dará fuerzas para seguir descubriendo los remanentes de ese pasado que nos enorgullece a los mexicanos.